En una ocasión, un joven estudiante del Pastors’ College (la escuela que Spurgeon fundó) estaba practicando su sermón frente al maestro. El joven, queriendo sonar muy piadoso y solemne, adoptó un tono de voz artificial, extremadamente nasal y lúgubre, lo que en aquella época llamaban el «tono de púlpito».
Spurgeon lo interrumpió a los pocos minutos y le preguntó:
— “Dígame, joven, ¿si usted fuera a pedirle matrimonio a una mujer, le hablaría de esa manera?”
El estudiante, algo apenado, respondió que por supuesto que no. Spurgeon, con una sonrisa, sentenció:
“Entonces, si no usaría ese tono para convencer a una mujer de que lo ame a usted, ¿por qué lo usa para convencer a los pecadores de que amen a Dios? ¡Hable de forma natural, hombre! Si tiene algo que decir, dígalo como un ser humano.”
Esta historia define muy bien quién era Spurgeon: un hombre que no promovía la hipocresía y la pomposidad religiosa. Él creía que el Evangelio era tan vital que debía comunicarse con la misma sencillez y pasión con la que uno habla de las cosas más importantes de la vida cotidiana.